Tu trabajo es una obra
Apuntes de las intervenciones de Bernhard Scholz y Julián Carrón en la Asamblea Nacional de la Compañía de las Obras. Milán, 16 de noviembre de 2008
BERNHARD SCHOLZ (Presidente de la CdO)
La situación actual nos ha llevado a un callejón sin salida. Tenemos que encontrar nuevamente el camino, un camino que será, con toda seguridad trabajoso, en muchos momentos cuesta arriba, un camino justo que parta del trabajo útil y que nos permita volver a tomar conciencia del valor infinito de cada gesto que realizamos.
El tema elegido para este día estaba pensado antes de que la crisis estallase, porque desde hacía tiempo éramos conscientes que algo no cuadraba. Nos estábamos fijando demasiado en el beneficio. Es necesario restituir todo su valor al trabajo.
Hemos pedido a todos los miembros de la Directiva que nos hagan llegar preguntas sobre este tema y hemos elegido dos de ellas.
La primera pregunta que quisiera plantear a Julián Carrón toca un tema que aparece muy a menudo en las intervenciones y que tiene que ver con una contradicción existencial: por una parte, el trabajo es vivido como una condena, como una especie de desgracia inevitable ante la cual uno no tiene más remedio que rendirse cuando no consigue evitarla; por otra, se vive el trabajo como una exaltación emotiva, sobre todo en los momentos de éxito (económico, de carrera), y algunos lo viven incluso como una droga, para caer después en una profunda depresión.
La pregunta, por tanto, es ésta: ¿cómo es posible vivir el trabajo como un sujeto libre, que no depende de las circunstancias, sino que es capaz de afrontarlas? ¿Cuál es el significado del trabajo?
JULIÁN CARRÓN
Como bien dices, el trabajo puede convertirse en una exaltación o en una condena, porque cada uno lo vive de la misma manera en que se concibe a sí mismo, pues el trabajo es una expresión de lo que se es. Con el trabajo sucede lo mismo que con la vida, sobre todo cuando uno se piensa a sí mismo de un cierto modo. Si uno se concibe aislado, si parte sólo de sí mismo, tendrá momentos de exaltación o depresión. Esto pone de manifiesto la paradoja del hombre, su grandeza y su pequeñez: por un lado, aspira a realizar cosas inmensas, pero, a la vez, es consciente de su indigencia abismal. El hombre que se concibe de forma aislada, autónoma, sin vínculos, depende casi inexorablemente de estos ciclos de exaltación o depresión, momentos en los que toca el cielo con los dedos y se cree Dios, y momentos en los que desciende hasta el abismo y se considera nada. ¡Cuántos habrán tenido esta experiencia en estos días de turbulencias financieras!
También la Biblia reconoce esta paradoja, como se describe de forma espléndida en el Salmo 8: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, / la luna y las estrellas que has creado, / ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, / el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles [siendo nada], lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8,4-7).
Este es el reconocimiento de la grandeza y la pequeñez del yo. Pero el hombre religioso, como vemos en el salmo, vive esta paradoja dentro de una relación que le sostiene, que ilumina su esencia e impide el engaño de creerse Dios o de creerse nada dependiendo del éxito, y esto le permite trabajar en paz, caminar en paz, dando un sentido al trabajo que, como dice el Salmo, es colaborar con el Creador en la perfección de Su obra. Esta es la relación que sostiene al hombre, que le permite volver a comenzar sea cual sea su circunstancia. Sólo así es posible encontrar una respuesta a la pregunta de cómo se puede vivir el trabajo como un hombre libre, sin ser esclavo de las circunstancias. Y vivir así no depende del tipo de trabajo que se haga, ni de sus condiciones, sino del grado de humanidad del sujeto.
En otro encuentro, en el que estaríais muchos de vosotros, cité la carta que un universitario escribió a una amiga suya, antes de someterse a una operación el la que falleció. Tenía que examinarse y le escribió lo siguiente: «Hacer un examen es algo que todos hemos hecho en nuestra vida, y no es nada extraordinario. Esto es lo que pensaba antes de haber conocido a personas que me han obligado, a través de una verdadera revolución, a preguntarme si estaba viviendo seriamente mi vida. Dentro de pocos días, como sabes, ingresaré en el hospital para hacerme un trasplante de médula, y te preguntarás: ¿qué tiene que ver esto con mi examen? Si no fuese del movimiento, si no hubiese aprendido en el movimiento a considerar el estudio como una oportunidad fantástica de búsqueda de la verdad, de dar un sentido a mi vida y de expresar un juicio total sobre ella, haría ya tiempo que me habría quedado en casa tranquilo, esperando a que llegase el momento de la operación. Tal vez habría leído algún libro, o los periódicos; pero fundamentalmente habría malgastado los días en la búsqueda pasiva y desesperada de algo que hiciese pasar más rápido ese tiempo de espera antes de la "guerra" (porque es como ir a la guerra). Al estudiar para el examen, el vacío del tiempo no ha llenado mis días, sino que ha sido mi persona la que los ha llenado. No era el vacío el que dictaba el ritmo de mi vida: lo he hecho yo, yo he sido dueño y señor de mi día. Estudiaba Derecho Civil, afrontaba día tras día los temas, feliz de ese poder que aún tenía sobre el día y, en definitiva, sobre mi vida [en esto consiste el protagonismo: ¡hasta el último instante!]. Y si me hubiese quedado indiferente, viendo el transcurrir del tiempo, me habría convertido en esclavo suyo, me habría consumido sin apenas darme cuenta. Hoy me siento feliz por haber superado este examen, pero ayer ya estaba orgulloso de mí mismo, me sentía realizado como hombre porque sabía que estaba esperando contra toda esperanza».
Esta carta testimonia cuál es la utilidad de la vida y del trabajo. «La utilidad [de lo que uno hace, como vemos en el ejemplo citado] existe independientemente de lo que uno hace, pues está ligada dice don Giussani a la conciencia con la que se actúa, y en esto consiste la libertad. Si el valor de una acción está en sus circunstancias, entonces ya no hay libertad, porque dependemos de la casualidad. Pero la libertad se halla en la conciencia de aquello que uno hace [que uno vive de forma libre]».
Sólo de esta forma el trabajo no se convierte en una condena, como tampoco el examen, sino que forma parte del camino hacia el destino, es decir, hacia la plenitud del yo. A la luz de la muerte de este chico, se comprende cuál es el alcance único de su gesto, de su forma de actuar. ¿Quién le iba a decir a él que así se estaba preparando para dar el paso definitivo al destino? Pero ya, antes, tenía esa conciencia, que le hacía libre incluso en su enfermedad. Para poder vivir así, hace falta encontrar a alguien que nos ayude: ser dueño, señor, no esclavo, ni estar sometido a la circunstancia. Para vivir con libertad y no como un condenado, es necesario comprender, al igual que él, el significado del trabajo.
¿Y cuál es ese significado? Entender el sentido de una acción, sea extraordinaria o banal, quiere decir comprender el nexo entre ella y el destino, el cumplimiento de la vida, la plenitud del yo. Esto implica una concepción adecuada de uno mismo. El hombre está hecho, constituido por un deseo de infinito. Mirad cómo lo describía don Giussani hace años: «El trabajo es expresión de nuestro ser. Esta conciencia es lo que permite respirar verdaderamente al trabajador que está durante ocho fatigosas horas delante de su banco de trabajo, así como al empresario que está decidido a desarrollar su empresa. Pero nuestro ser eso que la Biblia llama "corazón": coraje, tenacidad, astucia, esfuerzo es sed de verdad y de felicidad. No existe ninguna actividad, desde la más humilde del ama de casa a la más genial del arquitecto, que pueda sustraerse a la búsqueda de la satisfacción plena, de la plenitud humana: sed de verdad, que parte de la curiosidad por adentrarse en el enigma misterioso de la investigación; sed de felicidad, que parte de la instintividad y se ensancha hasta alcanzar esa concreción digna que es lo único que puede salvar al instinto de corromperse por un falso y efímero goce. Este corazón es lo que impulsa cualquier empresa que lleves a cabo. Toda la vida está obligada por esta lógica: no existe ninguna otra fuente de energía que obligue y posibilite más que esta actividad todos los aspectos, incluso los más pequeños, del trabajo que realizas» L. Giussani, El yo, el poder, las obras, Ed. Encuentro, Madrid 2001, pp. 85-86).
Aquel que comprende esta verdad elemental sobre la vida se da cuenta, por una parte, de que ese deseo de cumplimiento es lo que le hace trabajar, pero también, por otra, de que ninguna realización de este trabajo, ningún resultado sea cual sea el grado de éxito, puede bastar para llenar ese deseo de plenitud que constituye su persona. Resulta verdaderamente lamentable, si no trágico, ver hasta qué punto alguien que haya realizado grandes descubrimientos científicos, por ejemplo, puede olvidar una evidencia tan clara. Este olvido está en el origen de esa impresión del trabajo como condena, impresión que asalta al hombre que cree poder conseguir realizarse con lo que hace. La espera del corazón humano es infinitamente mayor que sus acciones. Aquí radica la grandeza única del hombre.
Por este motivo, sólo existe un camino para que el trabajo no se perciba como una condena sino que, como nos testimonia este chico, se convierta en un camino al destino, es decir, un paso hacia el Único que puede cumplir el corazón del hombre: el Misterio. Tal razón es la causa de que don Giussani diga que la obra, el trabajo, «en el fondo, es una plegaria abierta tanto al sentido religioso de quien tiene fe como de quien no la tiene, porque el sentido religioso, tal y como lo hemos descrito, lo tenemos todos» (ibidem, p. 86). He aquí la tragedia: creemos que se puede eliminar esto del horizonte de la vida.
La única condición necesaria para evitar esta tragedia es que estemos disponibles a reconocer a este Misterio -atestiguado por la exigencia infinita del corazón- y, además, a dar los pasos necesarios en la relación con Él. Sólo quien acepta el desafío de esta posición vertiginosa puede comprender cuál es el sentido del trabajo y ser capaz de realizar el esfuerzo que implica, sin desanimarse ante los eventuales fracasos.
Para acompañarnos en nuestro camino, el Misterio se ha hecho carne: se ha hecho compañero nuestro y nos ha desvelado el sentido del trabajo. Jesús de Nazaret es el Hijo de Aquél de quien Él mismo dice: «Mi Padre sigue actuando», es decir, mi Padre es el Eterno Trabajador, y por eso, al hacerse hombre, nos ha mostrado cómo vivir el trabajo. Si nos identificamos con Él, podemos vivir el trabajo como lo vive Él, es decir, como relación con el Misterio.
No se trata de imaginaciones nuestras. A lo largo de los siglos se ha demostrado que dicha modalidad ha introducido en la historia un nuevo concepto de trabajo, un amor por el trabajo. Recientemente nos lo recordaba el Papa: «En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre, se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. Pablo, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos: no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición rabínica. El monaquismo ha acogido esa tradición: el trabajo manual es parte constitutiva del monasterio cristiano. San Benito habla en su Regla no propiamente de la escuela, aunque la enseñanza y el aprendizaje [...] en ella se daban por descontados. En cambio, en un capítulo de su Regla habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo mismo hace Agustín, que dedicó al trabajo de los monjes todo un libro. Los cristianos, que con esto continuaban la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse, sin embargo, cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado: "Mi Padre sigue actuando y yo también actúo" (Jn 5, 17). El mundo grecorromano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. "Construir" el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. [...] Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja... [parecería un chiste, si no fuese verdad]. Así, el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios, en la creación del mundo. Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa (¡atención! estamos hablando de la mística), su ethos y su formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo y la determinación de la historia por parte del hombre sean colaborar con el Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción» (Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura en el Colegio de los Bernardinos, París, 12 de septiembre de 2008).
Aquí os habéis reunido personas implicadas en muchos aspectos del trabajo: o existen "monjes" modernos que tengan una concepción así de lo que es trabajar y sepan educar en ello, o difícil será, por la indiferencia de muchos de nuestros jóvenes, que se inserten en el mundo adulto y colaboren con el destino de todos.
Por este motivo, encontrar en Cristo el sentido de la vida no nos ahorra el trabajo, pero nos sitúa, al igual que a los monjes, en las mejores condiciones para hacerlo como hombres y no como esclavos. Él es quien nos desvela el sentido pleno del trabajo; por eso podemos comenzar a trabajar de forma plena, como expresión de nuestro amor a Cristo, porque existe este amor que permite trabajar con un sentido y con un significado adecuados a nuestra esencia humana.
SCHOLZ
La segunda pregunta, que hemos elaborado, evidentemente, como síntesis de muchas otras, tiene que ver con el trabajo como recorrido de conocimiento, porque se comprende, se intuye, que el trabajo introduce en el significado de las cosas, en un conocimiento más profundo de uno mismo. ¿Cómo es posible, entonces, vivir bien el aspecto educativo del trabajo, es decir, aprender a trabajar y trabajar aprendiendo?
CARRÓN
Mi respuesta consta de tres puntos sintéticos:
1. Para aprender a trabajar es necesario que estemos dispuestos a hacer "un trabajo dentro del trabajo". Hace falta, por tanto, una educación que nos permita tener una experiencia distinta del trabajo, más humana, más capaz de realizar la vida y de cumplirla, como hemos señalado antes. Si no es así, el trabajo se convierte en nuestra tumba, en nuestra condena, en el lugar donde uno se ahoga esperando a que se acabe para empezar a vivir en el tiempo libre, como le sucede a la mayoría de la gente.
Para ello, en primer lugar, es necesario reconocer que necesitamos aprender a trabajar; en segundo lugar, hace falta una disponibilidad para aprender, porque no es fácil. No resulta fácil para un adulto aceptar que tiene que aprender lo que ya pensaba saber. Ya lo he contado muchas veces: lo que me ha salvado la vida es haber aceptado aprender lo que ya creía saber.
Aquí empieza un recorrido de conocimiento. En el trabajo, al igual que en la vida, se nos plantea continuamente una pregunta: ¿qué sentido tiene el trabajo? ¿Por qué lo hago? Que es como decir: ¿qué tiene que ver el trabajo conmigo, con mi destino, con mi realización?
2. Para responder a esta pregunta no basta con la conciencia de la necesidad y la disponibilidad para hacer "un trabajo dentro del trabajo". Hace falta una hipótesis sobre el significado del trabajo capaz de ofrecerme un camino practicable. Sabemos bien que no bastan nuestra buena voluntad ni nuestro esfuerzo. ¡Cuántas veces lo habréis intentado! Estos intentos son nobles, pero tristes, porque no han logrado alcanzar su objetivo. Todos lo hemos intentado mil veces sin resultado. Y aquí nos topamos con la impotencia: tenemos que ser leales con nosotros mismos para reconocerla. Por eso necesitamos encontrar a alguien que nos ofrezca una hipótesis que podamos verificar en la realidad. Como la ha encontrado el universitario cuya carta hemos leído. Parece insignificante, pero en el ejemplo de ese chico están todos los factores que nos ayudan a comprender.
Todos tenemos una razón para trabajar, todos, pues si no, no podríamos hacer nada: la familia, el dinero, el poder, la sociedad, etc. Toda hipótesis, sea cual sea, está sometida a la verificación de la experiencia, de los acontecimientos, de los imprevistos. Lo queramos o no, más allá de nuestras intenciones o del empecinamiento con el que la persigamos, sólo en la realidad se verifica la consistencia de una hipótesis. Lo vemos ahora ante la situación económica: ¿cuantas hipótesis se han revelado verdaderas, es decir, duraderas, capaces de desafiar el tiempo y los imprevistos? El cristiano es bien consciente de ello. Por eso, en la medida en que su fe es un principio de conocimiento y acción, y no sólo un sentimiento o una ética, el cristiano sabe que su consistencia no está en ninguna de ellas. Lo recordaba el mismo Pontífice en el Sínodo: «Debemos cambiar nuestra idea de que la materia, las cosas sólidas, que se tocan, serían la realidad más sólida, más segura. Al final del Sermón de la Montaña, el Señor nos habla de las dos posibilidades de construir la casa de nuestra vida: sobre arena o sobre roca. Sobre arena construye quien construye sólo sobre las cosas visibles y tangibles, sobre el éxito, sobre la carrera, sobre el dinero. Aparentemente, estas son las verdaderas realidades. Pero todo esto un día pasará (me parece que no hace falta irse muy lejos para verlo). Lo vemos ahora en la caída de los grandes bancos: este dinero desaparece, no es nada. Así, todas estas cosas, que parecen la verdadera realidad con la que podemos contar continúa el Papa, son realidades de segundo orden. Quien construye su vida sobre estas realidades, sobre la materia, sobre el éxito, sobre todo lo que es apariencia, construye sobre arena. Únicamente la Palabra de Dios es el fundamento de toda la realidad. Es estable como el cielo y más que el cielo, es la realidad. Por eso, debemos cambiar (observad qué tipo de cambio hace falta) nuestro concepto de realismo (es un problema de conocimiento). Realista es quien reconoce en la Palabra de Dios, en esta realidad aparentemente tan débil, el fundamento de todo. Realista es quien construye su vida sobre este fundamento que permanece siempre. Así, estos primeros versículos del Salmo nos invitan a descubrir qué es la realidad y a encontrar de esta manera el fundamento de nuestra vida, cómo construir la vida» (Benedicto XVI, Meditación en la Primera Congregación general, 6 de octubre de 2008).
La demostración histórica de esto es lo que nos decía el Papa sobre el monaquismo, cuando hablaba de su capacidad de reconstruir Europa después de las invasiones bárbaras, cuando todo había caído.
¿Cuál es esta hipótesis que debe buscar un cristiano? La misma en la que pone la esperanza de su vida: Cristo, consistencia de todo y, por tanto, única esperanza que no defrauda. Para nosotros el significado del trabajo es Cristo, esa presencia que invade nuestra vida y la llena de ternura y afecto. Por eso podemos levantarnos cada mañana e ir a trabajar, más allá del resultado, porque estamos llenos de una Presencia que hace distinta la vida y nos permite afrontar todo. Nosotros encontramos en esta Presencia la energía para volver a empezar siempre, incluso desde las cenizas de nuestros errores. Él es el valor de cada acción. Por eso «no existe un instante de inutilidad, un trabajo inútil o menos digno. ¡No existe!», decía don Giussani. «Comprender y vivir esto se llama en el cristianismo ofrecimiento. Porque ofrecer una cosa quiere decir reconocer que el valor de esa cosa es el misterio de Cristo».
Para nosotros el trabajo es ofrecimiento, es decir, reconocimiento de que la consistencia de todo es Él, Cristo, y en la medida en que Le pertenecemos, podemos colaborar con Él para dar un rostro más humano al mundo, a cuya transformación colaboramos con nuestro trabajo. Se trata del trabajo hecho desde la memoria de Cristo: lo puede comprender muy bien quien está enamorado. Como dice Guardini: «En la experiencia de un gran amor [...] todo lo que sucede se convierte en un acontecimiento dentro de su ámbito». Todo, incluso el trabajo. En una ocasión me preguntaron cómo era posible vivir la memoria de Cristo en el trabajo, y yo respondí enseguida: «Pero, ¿cómo consigues trabajar sin hacer memoria de Cristo?» (R. Guardini, La esencia del cristianismo, Ed. Cristiandad, Madrid 2003, p. 12).
Aquel que se atreve a verificar esta hipótesis ve brotar dice don Giussani un resultado inesperado: «Es el concepto evangélico de "milagro": el milagro es una humanidad que nunca se habría dado como resultado de un proyecto o una operación. No es la plenitud definitiva [...], pero sí una prenda de ella aquí y ahora. El cristianismo ve en este mundo un adelanto del paraíso; una señal que consiste precisamente en que la humanidad mejora allí donde la hipótesis cristiana se acepta y se realiza» (L. Giussani, El yo, el poder, las obras, Ed. Encuentro, Madrid 2001, p. 87).
Pero hace falta un tercer elemento.
Anticipación Huellas, noviembre de 2008
Más allá de la crisis
¿Para quién sirve mi trabajo?
Puestos de trabajo en peligro y gran incertidumbre. Una cierta forma de concebir la realidad, y por tanto también la economía, muestra de golpe todos sus límites. Sin embargo, la crisis nos provoca en primera persona acerca del sentido del trabajo y del esfuerzo que supone llevar a cabo una tarea. Lo cuentan Giulio Sapelli y Bernhard Scholz y los testimonios reunidos en estas páginas
a cargo de Davide Perillo
fuente http://www.clonline.org/articoli/esp/hlls1008_trabajo.html
Estábamos barajando esta idea desde hacía tiempo. Para ser precisos, antes incluso de que llegase el crack de estos días. Se hablaba mucho de Alitalia y de hipotecas subprime, pero la palabra "recesión" se pronunciaba todavía en voz baja, entre gráficos a la baja y tablas en colores sombríos. Y claro, en esos números se hablaba de recortes. Muchos y dolorosos. Pero la impresión que quedaba es que en el fondo no se tenía mucho en cuenta a las personas escondidas tras esas cifras. En definitiva, parecía que se hablaba de economía poniendo entre paréntesis a quien la hace: el hombre. Es decir, sus necesidades, sus preguntas, sus deseos. Deseo de construir y de realizarse. ¿Cómo? Trabajando. Y ésta era precisamente la impresión: que quizás el trabajo era el gran olvidado de estos últimos años. No tanto -y no sólo- porque peligrasen los puestos de trabajo y los salarios, sino precisamente porque se olvidaba que el trabajo es la expresión de uno mismo y de su relación con la realidad. Que es la posibilidad de crecer, de conocer y de conocerse más a fondo, comprometiéndose con lo que don Giussani definió una vez como «una energía que cambia las cosas según un designio», y que para muchos de nosotros se había convertido en un lastre, en algo que había que cumplir, en un paréntesis entre los fines de semana en los que uno realmente "vive".
Pero después ha llegado la tormenta, y se ha puesto de manifiesto con mayor claridad que la impresión no era equivocada. Si hay un dato seguro en el gran caos de estos días es precisamente la manifestación del trágico olvido que ha contaminado estos últimos años, erosionando los fundamentos –y, por tanto, también las cuentas– de empresas e incluso Estados. Se ha visto que había dinero, pero que faltaba el yo; que los mercados se ampliaban, pero que el uso de la razón era cada vez más reducido (basta con mirar la abstracción de los modelos propuestos por ciertos economistas y comentaristas para encajar la realidad en sus explicaciones). Se ha podido comprobar que los sistemas tan perfectos que hacen superfluo el "factor humano" simplemente no se mantienen en pie. Antes o después caen.
Así pues, ahora que la realidad se está tomando la revancha, que salen a la luz todas las dificultades y que la perspectiva de un mundo más pobre no es en absoluto irreal, urge plantear este tema. ¿Es verdad que entre los motivos de la crisis está también el abandono de esta idea del trabajo como relación sana con uno mismo y con la realidad? ¿Y qué tiene que ver, si es que tiene que ver, con la famosa "financiarización" que ha empujado demasiado a buscar productos del mercado de futuros, hedge funds y stock options en vez de remangarse y dedicarse a la "economía real"? Más aún, puesto que no se trata de demonizar ni las finanzas, ni el dinero, ni siquiera el trabajo de quien se dedica a ellas, ¿no puede tratarse esta crisis de una ocasión para volver a tomar conciencia, para redescubrir el valor del trabajo?
Hemos hablado de esto con dos personas que conocen en profundidad el mundo del trabajo. Uno de ellos es Giulio Sapelli, profesor de Historia económica en la Universidad de Milán, uno de los mayores expertos internacionales del mundo de la empresa. El otro es Bernhard Scholz, presidente de la Compañía de las Obras, red de 34.000 empresas (lucrativas y no lucrativas) que el pasado 16 de noviembre dedicaba su asamblea anual justamente al trabajo (a la que acudía también Julián Carrón, responsable de CL). El resultado es este diálogo que parte de la crisis, del trabajo, y de la crisis del trabajo.
¿Qué relación existe entre crisis y trabajo?
Sapelli. La crisis tiene sus propias razones, intrínsecas a la globalización, pero es cierto que en los últimos 20 años se ha producido una transferencia colosal de riqueza desde el beneficio a la renta, del capital que se invierte a aquel que produce capital. Los beneficios de las empresas han subido hasta las nubes, los salarios de los trabajadores han descendido. Pero sobre todo se ha producido un silencio acerca del trabajo, incluso como objeto de estudio: no se ha publicado ni un solo libro serio sobre el tema. Hace tiempo el trabajo era una metafísica. Había una ontología, una antropología fundada sobre en el trabajo... pero en los últimos años esto ha desaparecido.
¿A qué responde esta desaparición?
Sapelli. En esta espiral nihilista, dar un sentido al trabajo supone dar un sentido al sujeto. Por eso ya no se habla de este tema. Sería necesario volver a estudiarlo y a respetarlo. Cuando una familia se avergüenza de que su hijo trabaje como obrero, quiere decir que estamos muy mal verdaderamente...
Scholz. Es verdad, el desprecio del trabajo manual es un síntoma grave. El trabajo ya no es considerado como un valor en sí mismo, sino sólo como algo que sirve para tener éxito y obtener un beneficio, a ser posible de forma inmediata. Y esto tiene dos consecuencias: o se convierte en un peaje que hay que pagar, o se convierte en una droga. Basta con pensar en los jóvenes: en aquellos que buscan trabajo en la actualidad se ve una constante búsqueda de estímulos. Es como si se hubiese reducido el trabajo a algo que produce una emotividad continua. Ya no se percibe que únicamente a través de la continuidad, de la entrega y de la construcción a largo plazo el hombre crece y madura. Es necesario volver a experimentar el trabajo como un proceso cognoscitivo. Incluso cuando se trata de un trabajo repetitivo. Que nadie me diga que una ama de casa que a lo largo de su vida ha lavado los platos varios miles de veces no madura. Hoy en día se pretende evitar el esfuerzo, pero el esfuerzo es una condición para el crecimiento.
Sapelli. Yo se lo recuerdo con frecuencia a mis estudiantes: cuando entré en las oficinas de Olivetti tenía 19 años. Los primeros seis meses trabajé en la fábrica: entraba a las 6:15. Y lo mismo hacían todos los licenciados. Pues bien, estos seis meses fueron de los más interesantes de mi vida. Comprendí que antes del conocimiento está la experiencia. O mejor: que experiencia y conocimiento están ligados. No es cierto que una persona que hace trabajos repetitivos no pueda vivir con una conciencia de libertad.
De acuerdo. Pero entonces, ¿de dónde nace esta libertad?
Scholz. La cuestión es quién es el sujeto que trabaja, quién soy yo. El cristianismo siempre ha dicho que el trabajo es la expresión de la relación con el Misterio. Yo creo que se trata de una clave decisiva.
Sapelli. He comprendido tarde esta idea de la santificación del trabajo. Era consciente de la centralidad del sujeto, pero no conseguía captar la revolución que suponía con respecto a la concepción actual. Ahora me doy cuenta de que yo acepto la realidad, pero no me dejo condicionar por ella, justamente porque existe esta obligación hacia uno más grande que yo. Se trata de un aspecto fundamental que hay que recuperar. Pero yo no soy tan pesimista. Veo mucho sufrimiento en las empresas, casi podríamos hablar de angustia, como si se hubiese perdido el sentido de lo que se hace. Y se ha convertido en paradigma el hecho de que se trabaja sólo por dinero, como se ha podido ver con la degeneración de las stock options. Sin embargo el sufrimiento también te puede hacer consciente. Además tengo confianza en lo que está surgiendo en la juventud. Veo que existe de nuevo el deseo de hacer cosas no sólo para uno mismo. Hay directivos que están dejando las finanzas para volver a trabajar en la producción, gente que busca una mejor calidad de vida. Son pequeñas señales, débiles, pero que permiten comprender que algo está cambiando...
Scholz. En este sentido, puede decirse que la crisis actual es una oportunidad. Una ocasión para reflexionar sobre el significado mismo del trabajo. Es un momento en el que podemos comprender de nuevo que trabajar con un mínimo ideal permite construir. Estoy de acuerdo, es un buen momento. Un sufrimiento que lleva a la conversión, a mirar más allá.
Que hace surgir una pregunta...
Scholz. Esta pregunta existe sobre todo en los jóvenes. Tal vez son un poco más débiles, pero miran y escuchan. Ya no están atrincherados en barreras ideológicas. Están más inermes, son más vulnerables. Pero tienen despierta la pregunta sobre sí mismos.
Sapelli. Tal vez más que un tiempo de crisis, se trata de un tiempo de espera. Pero hace falta ser capaz de responder. Porque si no el riesgo es que vuelvan las viejas ideologías: el trabajo ligado a una palingenesia social, en clave violenta o como estatalismo...
Sin embargo, existen ejemplos en sentido contrario. Pienso en la misma CdO...
Sapelli. Sí, pero junto a los ejemplos hace falta una metafísica, un pensamiento fuerte. Hace falta una gran inversión cultural: leer, estudiar... Cuando vea circular novelas como las de Doninelli dedicadas al mundo de los trabajadores, o tesis, o libros sobre el tema, entonces podré decir que se está empezando a hacer una metafísica. En el fondo, ¿qué ha hecho en estos años la CdO? Ha resistido a esta oleada de nihilismo. Por el sólo hecho de existir se trata ya de un hecho cultural. Pero lo que está en juego es una batalla antropológica. Hace falta prepararse para ella.
Scholz. Yo la llamaría una trabajosa reconstrucción de nuevas formas de vida. Y esto quiere decir, al margen de lo que puedan pensar o decir los gurús de la modernidad, remangarte y empezar a construir palmo a palmo. Y luego, cuando has construido, encontrar a alguien que reconozca el valor de lo que estás haciendo. Creo que es el único camino posible, el único que te permite volver al trabajo entendido no como una serie de teorías, sino como un descubrimiento continuo. El trabajo mismo, bien vivido, te lleva a descubrir tus talentos. Te llama a una responsabilidad, a estar ante la realidad por lo que ella es. Esto te hace ser más tú mismo: cuando te pones en juego, cuando arriesgas, cuando haces sacrificios, debes comprender que es más beneficioso y más conveniente para ti.
¿Y qué hace falta para «vivir bien» el trabajo, para recuperar esta percepción de la utilidad para uno mismo?
Sapelli. Haría falta una larga temporada educativa al viejo estilo, basada en el ejemplo, en las buenas prácticas. Y en buenos libros: el estudio, la elaboración... Es un camino de testimonio.
Scholz. Es verdad. Allí donde el empresario demuestra un interés real por la persona, incluso el trabajador joven más perdido comienza a recobrar el interés por su persona, un gusto nuevo.
Siempre se vuelve al mismo punto: se trata de un problema educativo, por tanto.
Sapelli. Sí. Está en juego la construcción de la persona, que –como decía Jung, que no por casualidad era cristiano– es un desafío que te acompaña durante toda la vida. No importa si tú eres el portero o eres el propietario de la casa. Y esto, en el trabajo, se ve muy bien. Construyes tu persona con el trabajo. Pero tiene que haber autorreflexión. Es lo que toda la vida se ha llamado examen de conciencia... Si empiezas a decir estas cosas en las empresas o, mejor aún, a practicarlas, entonces empieza la reconstrucción. Se trata de un trabajo "micro", no se hace fundando partidos u organizaciones sindicales. El mundo del trabajo es una tierra de misión.
Scholz. La educación es decisiva. Además, es necesario tener en cuenta un factor que yo cada vez estoy descubriendo más, a medida que profundizo en el trabajo: el tiempo. Dentro del frenesí en el que vivimos, el tiempo ya no es para nosotros un amigo, algo que nos ayuda a crecer. Porque si es verdad que toda la vida se nos da para construir algo, y que la vida entera es un descubrimiento, necesitamos tiempo para descubrir. Sin embargo, hoy en día impera la idea del "todo ahora". Esto hace que te desgastes, que no crezcas, que no se exprese tu persona: lo que se expresa es un mecanismo. Por eso, para volver a descubrir el gusto del trabajo, hace falta volver a apropiarse también del tiempo como condición favorable, no como un límite que abatir.
Sin duda se trata de otro factor maltratado en estos últimos años. En el fondo ésta es la verdadera usura, más que la de los intereses: una mercantilización despiadada del tiempo, como si fuese sólo una cosa nuestra. Tiene que ver con la renta, con la rapidez en hacer dinero en la Bolsa, con la avaricia de ciertos directivos...
Scholz. Con frecuencia somos impacientes con nosotros mismos porque no pensamos que el mismo Dios piensa en nosotros cuando nos da el tiempo. El tiempo es la condición para que emerja el yo. Sin tiempo no puedo emerger. Un robot no necesita tiempo, una persona sí. Pero incluso esto es algo que se descubre justamente en el tiempo... Y aquí volvemos al corazón del cristianismo que, paradójicamente, te da todo en seguida, con la forma de una promesa que llena desde hoy la realidad. Tú ahora tienes la certeza de que tendrás todo, porque ya estás en relación con el Todo.
Hablando del trabajo en su discurso al Colegio de los Bernardinos, el Papa partía del sentido del tiempo que tenían los monjes y, sobre todo, del «Quaerere Deum», de la relación con el Todo.
Sapelli. Para mí la llegada de Benedicto XVI ha supuesto una gran satisfacción. En él se aúnan inteligencia y práctica pastoral, y esto viene de lejos, de sus maestros. Por mi parte estoy completamente de acuerdo con lo que dice. Él está poniendo de nuevo en el centro la necesidad de un pensamiento fuerte que unifique. Sin un pensamiento fuerte no puedes construir.
Scholz. Me ha impresionado mucho lo que ha dicho en París. El trabajo nació sin que el hombre se pusiese a sí mismo en el centro, sino por la búsqueda de Dios, que coincide con la búsqueda de la verdad de ti mismo. Es verdad, se trata de una cuestión metafísica. La finalidad del trabajo es el hombre. El trabajo tiene un sentido en la realización de tu persona, y esta realización no puede prescindir en ningún momento de la vida de la relación con el Misterio. Si no es así decae. El trabajo se convierte en una instrumentalización del hombre si no expresa algo que va más allá.
¿De dónde os viene a vosotros el gusto por el trabajo?
Sapelli. De mi historia, de mi educación. Y del ejemplo de mi padre, que era un hombre muy religioso aún siendo de izquierdas: en él se unían trabajo y libertad. Yo soy hijo de obreros. Mi padre fue despedido por una represalia sindical y estuvo dos años sin trabajo. Entonces tuve que dejar la escuela, el instituto técnico, y me puse a trabajar, antes de poder retomar los estudios. Pero en mi familia el trabajo tenía una dignidad tan grande que no recuerdo aquellos años como unos años duros. Fueron años bonitos. Para mí el trabajo es una condición de la vida.
Scholz. También para mí fue decisiva la figura de mi padre. Era juez, y me transmitió un gran sentido de responsabilidad, pero también un gran aprecio por el tiempo libre, que es el tiempo para re-crearte a ti mismo. También fue importante para mí el trabajo durante el verano: durante el bachillerato, trabajaba en la fábrica de mi tío, y durante la Universidad lo hacía como electricista. Fueron momentos importantísimos. Me enseñaron el valor del trabajo manual, que es fundamental: te hace percibir que el hombre es uno, espíritu y cuerpo, que se expresan a la vez. Luego vino el encuentro con don Giussani, que me hizo comprender todo esto hasta el fondo.
Sapelli. También he tenido mucha suerte en la vida: he conocido personas que me han querido, que me han hecho comprender que se puede trabajar bien con personas con las que existen grandes diferencias de jerarquía y de saber. Me levanto cada mañana y al mismo tiempo que rezo expreso mi gratitud.
Tal vez sea este el verdadero antídoto contra el nihilismo...
Sapelli. ¿La gratitud? En cierto sentido, sí. No lo había pensado nunca.
Scholz. Y sin embargo te da una energía impresionante, incluso en estos tiempos tan duros.
CdO Area Empresas
Volvamos a la economía real
Giorgio Vittadini12/12/2008
fuente : http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=554&te=15&idage=995&vap=0
Cuando se trata la realidad de forma parcial, antes o después la realidad se rebela. Se cree que las finanzas pueden generar valor y riqueza sin tener en cuenta el valor real del uso de bienes y servicios, que es lo único capaz de generar un auténtico valor de intercambio. Se mira el patrimonio sólo en términos de beneficio trimestral, sin tomar en consideración su estabilidad y su desarrollo en el tiempo. Se piensa que los economistas podrían responder por arte de magia al justo deseo de mejorar las condiciones de vida de amplios estratos de la población, superando el límite impuesto por la realidad y por la capacidad personal y familiar efectiva de generar rédito y hacer frente a las deudas. No se trata sólo de un problema moral, sino de concepción.
Las personas que han diseñado los complejos mecanismos de las nuevas finanzas, responsables en parte de la actual crisis, han estudiado en las mejores universidades del mundo, han demostrado tener una gran competencia técnica, pero no la capacidad de mirar la realidad en toda su amplitud, con todo lo que es, con las potencialidades y límites que tiene. En general, se ha concebido un desarrollo que prescinde del equilibrio entre todas las dimensiones de la vida humana, familiar, social, ambiental, religiosa, para después descubrir que la consecuencia más grave de la crisis financiera es una pérdida generalizada de confianza, no sólo para la vida personal sino para la economía real, para la posibilidad de invertir, consumir, hacer transacciones económicas y financieras, y establecer relaciones entre los Estados.
Con una concepción reducida de la empresa no se tiene más que una idea a corto plazo de uno mismo y del trabajo: sólo en 2007 -año ya afectado por la crisis- los banqueros de Lehman Brothers, Merril Lynch y Morgan Stanley ganaron más de 25.000 millones en bonos. Este hecho desvela un dato muy difundido: en el centro de la acción económica no existe ya un sujeto humano que vive de modo equilibrado todas las dimensiones de la experiencia y el trabajo como expresión de su deseo de transformar la realidad. Se da prioridad a la satisfacción, sean cuales sean las condiciones a las que se tenga que arriesgar.
No sabemos lo que sucederá, pero hay algo seguro: hay que reconsiderar la centralidad de la economía real y de la economía local, la que nos importa, la que afecta a nuestra posición verdadera sobre la realidad. Sobre todo hace falta recuperar el valor tradicional del trabajo y de la empresa. Nuestras empresas son el modo en que la persona pone en juego sus ideas, su voluntad y capacidad de arriesgar, de emprender: quien dirige la actividad se identifica con ella y su capacidad representa la principal ventaja competitiva. La empesa, así concebida, representa una riqueza única para la economía porque allí se concretan los valores del espíritu emprendedor, donde la cultura de empresa significa capacidad de asumir riesgos y, al mismo tiempo, responsabilidad hacia los que participan en ella.
Es necesario tomar conciencia de que en ciertas experiencias, vividas desde una posición ideal, hay una originalidad custodiada, construida, defendida, potenciada y no reducida. Una impronta que valora lo humano y que no es contraria a los intereses de la empresa. Si parte de la experiencia, no hay por qué someterse a otros criterios. De forma secundaria, sin perder de vista la necesidad de soluciones "globales", el "fundamento" de nuevas instituciones movidas por criterios ideales y su eficacia estarán determinadas en la vida cotidiana por la vitalidad de los sistemas locales. Una literatura creciente pone en evidencia la importancia de las instituciones, sobre todo locales, que permiten señalar caminos de salida a la crisis cuando los mecanismos clásicos (por ejemplo en el sector financiero) están "gripados". Estas redes locales de confianza y de reputación tienen importancia tanto como "redes de sostenibilidad" (aspecto defensivo) como factores de innovación dinámica (aspecto de apertura y crecimiento).
Italia, la riqueza son los valores
Giorgio Vittadini
Viernes 31 Octubre 2008
http://www.ilsussidiario.net/articolo.aspx?articolo=7748
En la actual crisis de origen financiero el debate corre el riesgo de quedarse en el nivel económico, mientras que muchos elementos inducen a pensar que están en juego cuestiones cruciales para los mismos valores base de la convivencia. De hecho, muchos de los errores que se hallan en la raíz de esta crisis nacen de una distorsión de la relación entre el hombre y la realidad.
Se pensó que las finanzas podían generar valor y riqueza, prescindiendo de su correspondiente real ligado a un valor de uso de bienes y servicios que sólo puede generar su valor de cambio no drogado. Se consideró que los financieros, casi nuevos alquimistas, podían responder mágicamente al justo deseo de mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población (por ejemplo, los préstamos para viviendas, el crédito al consumo) superando el límite impuesto por la realidad y por la efectiva capacidad personal y familiar para generar ingresos para reembolsar los préstamos recibidos.
Se concibió un desarrollo que pudiese prescindir del equilibrio entre todos los factores de la personalidad del individuo y de la humanidad en su conjunto, de la necesidad de preservar e incrementar sus lazos religiosos, familiares, sociales y respetar el ambiente en el que se vive.
Se consideró como no influyentes los valores humanos para la vida económica, para descubrir hoy que la consecuencia más grave de la crisis financiera es una pérdida generalizada de confianza (etimológicamente también en la raíz de "dar crédito" en el sentido económico), fundamental no sólo para la vida personal, sino también para la economía real, para la posibilidad de invertir, consumir, incluso para hacer transacciones económicas y financieras y para las relaciones entre los estados.
Ya hace diez años, en abril de 1998, Don Giussani escribió en un periódico nacional que "el único dios verdadero en la sociedad de hoy es la moneda. A pesar de todo el poder en acto, en su impotencia, tan a menudo parece no ofrecer ni siquiera un atisbo de esperanza para el pueblo. Tanto que los hombres, cuando miran el horizonte, y también el cielo, deben acusar miedo. E incluso los más sabios del mundo, aquellos que pasan por inspiradores de la verdad del hombre y del bienestar del pueblo, los gurúes, no saben qué hacer".
La respuesta a esta crisis no puede entonces limitarse a las sacrosantas medidas para reactivar la economía, a una confianza fideística en la capacidad de autorregulación del mercado o al relanzamiento de la intervención estatal que, si se hace sin criterio, aumentará el estatalismo ya tan nocivo a la capacidad de iniciativa y de agregación subsidiaria de los hombres.
Mientras que si buscan nuevos y más adecuados modelos económicos, es necesario escuchar la advertencia contenida en el discurso que el Papa ha revelado al mundo de la cultura en París, según la cual la economía no puede prescindir de los valores fundamentales del hombre en su integralidad. Un duradero y equilibrado desarrollo económico puede nacer sólo del deseo de verdad, de justicia, de belleza, albergados en el corazón del hombre, y que ni siquiera la corrupción de su límite y de su pecado pueden destruir. Este deseo, educado durante siglos en la experiencia de la Iglesia, cultivado en realidades sociales y populares con alta connotación ideal, socialista o liberal, ha generado en nuestro país un mundo de pequeñas, medianas y grandes empresas, atentas a la innovación y el progreso, un desarrollo atento a la caridad y solidaridad, una miríada de familias y realidades sociales capaces de hacerse cargo de muchas necesidades personales y colectivas, una democracia con una alta tasa de participación, un sistema en el que la salud está estadísticamente protegida como en pocos otros lugares en el mundo. Durante años se pensó que este componente religioso o ideal en el ámbito económico y social hubiese pasado: pero la degradación, ya presente en nuestro país incluso antes de la crisis económica, depende más bien del abandono de esta experiencia ideal, personal y social. Hoy éste es, en cambio, nuestro gran recurso para volver a empezar frente a la crisis, con renovada confianza y esperanza.
(Il Sole 24 Ore, 31 de octubre de 2008)